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Microrrelatos, Premios

VIII Concurso de Literatura Rápida. L’Exprés

Concurso de Literatura Rápida en la Biblioteca Vapor Vell

¿Qué historia puede incluir como premisa una baraja española y un huevo de gallina? Este fue el reto de la octava edición del Concurso de Literatura Rápida (L’Exprés), organizado un año más por la Biblioteca Vapor Vell de Barcelona.

Los participantes no saben el tema sobre el que tendrán que escribir para optar al premio. Disponen de noventa minutos y de dos hojas pautadas. Imaginación y lenguaje son los reyes. La verdad es que resultó chocante y divertido que el poema visual de las cartas y el huevo consiguiera cincuenta creaciones diferentes, de la poesía al ensayo. Yo no pude resistirme a escribir un cuento sobre magos. Las cartas y el reciente espectáculo de Jorge Blas, del que realmente diría tiene poderes sobrenaturales, me brindaron la inspiración. Una experiencia diferente y que os recomiendo para poner a prueba vuestra capacidad de relación e inventiva, aunque no dé tiempo a las mejoras del texto que todo escritor precisa.

El personal de la biblioteca vive con mucha ilusión cada una de las convocatorias, y es de agradecer que una parte importante del premio fuera la representación teatral improvisada de los relatos ganador y finalista (“Cua de palla” de Ferran Wesselo i Comas) por parte de alumnos de la escuela de teatro La Casona.

Recomiendo que probéis la literatura rápida, seguro que os sorprenderéis del resultado! Transcribo mi relato en el siguiente apartado para que os hagáis una idea.

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Las apariencias engañan

—No entiendo lo que hacemos aquí. Sabemos que Jean es el mejor de nosotros con las cartas: baraja española, póquer, no importa, jamás otro mago ha conseguido imitar sus trucos.

        —Discrepo, Sullivan, es el mejor desde que regresó de aquel viaje a Brasil —dijo el mayor de los doce prestidigitadores y mentalistas reunidos en torno a una mesa redonda, vestidos con sus mejores galas.

            Se hizo el silencio y el Gran Jean apareció teatralmente de detrás de unas cortinas de terciopelo rojo. La sala en penumbra, iluminada por una araña de cristal de Bohemia, confería a la reunión un toque gótico. A ninguno de los presentes le sorprendió el montaje, no esperaban menos de su anfitrión. Les había convocado para un juego final, eso indicaba la tarjeta que todos habían recibido. Estaban dispuestos a ganarle, por eso se contraían en sus asientos de estilo rococó. La ambición, curiosidad y las ansias de revancha chisporroteaban en las miradas clavadas en Jean.

         —Bienvenidos, amigos míos —comenzó a exponer el anciano, mostrando sus cabellos canosos y ralos. Depositó la desgastada chistera en la mesa y saludó a cada uno por su nombre—. Damas y caballeros, sé que pensáis que os he citado para retaros a descubrir uno de mis trucos antes de que me retire de los escenarios, pero mi intención es otra: mi deseo es que, ya que sois los más famosos en crear ilusiones, dejéis estas a un lado para batiros en un apartida con estas cartas que os dejo. Podéis hacer equipos, jugar al mus, al siete y medio, a lo que queráis. El ganador será el elegido.

          Los invitados, con cara de sorpresa, observaron a Jean dar la vuelta a un reloj de arena que guardaba en un bolsillo de su chaqueta de seda negra y que, según sus palabras, marcaba el tiempo de la competición.

       Jean ocupó otro de los asientos forrado con el mismo terciopelo de las cortinas y se deleitó con las reacciones de aquellos que en el principio de su carrera le habían considerado un mago poco hábil, falto de originalidad y talento, condenado a no dejar huella en el mundillo. Tocó con la mano derecha el huevo que llevaba en el bolsillo del pantalón. Ninguno de sus colegas sospechaba que se trataba de algo inmensamente más importante que un simple huevo de gallina. Las apariencias engañan, bien lo había demostrado con su regreso a los teatros, después de sobrevivir varias semanas en la selva amazónica. Un accidente de avioneta y su pésimo sentido de la orientación le condujeron entonces a una aldea remota, en la que los nativos adoraban al Dios Pájaro. Su chamán se adornaba con las plumas esmeralda de una extraña ave. Jean descubrió que solo existía el ejemplar que veneraban, el mismo que les concedía mantenerse fuera del alcance de los blancos. Habían hecho una excepción con él, quizás por su aire desvalido y torpe. Se equivocaron, en cuanto supo de los poderes reales de su dios alado, no tardó en huir con este bajo el brazo. Su mayor secreto: una mascota capaz de adoptar la apariencia de cualquier animal, incluso una gallina ordinaria, y capaz también de encumbrarle a lo más alto. No podía ser de otra manera, él hacía magia de verdad. Pero su destino y el del Dios Pájaro estaban ligados como lo había estado de su tribu, y a ambos les llegaba su última hora. Vio con alegría que el joven Andrew Sullivan resultaba ganador, lanzando sobre el mantel el as de oros. Estaba pletórico, feliz como un niño con un juguete nuevo. Como él cuando comprobó que las plumas esmeralda le otorgaban un toque sobrenatural con las cartas, cuyo manejo se le resistía y le creaba fama de inepto.

        Sullivan  acompañó a Jean tras el cortinaje con la baraja en las manos. Esperaba que el anciano la tomara y le mostrara algún pase conocido, pero lo que hizo fue entregarle un huevo de gallina.

        —¿Y esto? —preguntó Andrew convencido de que le ponía a prueba.

        —Esto es lo que queda de mi tesoro robado. Dale calor y tendrás el único de su especie a tu servicio. Protégelo, si el muere tú también lo harás; envejeceréis juntos, y si hay suerte, dejará un huevo para la próxima generación.

       Sullivan se marchó seguro de la locura del genio. Por lo menos tenía con qué hacerse una tortilla para cenar.

Finalizo dando las gracias al director de la biblioteca Vapor Vell, Julián Figueres, a todo el equipo y a los alumnos de teatro de la escuela La Cassona que han colaborado en el Concurso de Literatura Rápida. Gracias por el premio en metálico y por la cafetera Nespresso con las dosis de cafeína necesarias para seguir escribiendo…

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