El viaje del Delfín Rojo

Ancient ship stylized to a black-figure pottery

“Agudos serán los escollos,
furiosa la ventisca,
el delfín rojo agoniza,
los que tres eran, uno son,
la cabeza del rey de su trono rodó”.

          Oráculo de Apolo, finales del siglo VIII a. C.

Finalista del I Concurso de Novela del Club de Escritura Fuentetaja y Casa del Libro

 

SINOPSIS

A finales del siglo VIII a. C., los ejércitos de Esparta regresan a casa tras casi dos décadas batallando contra sus vecinos por la posesión de las fértiles llanuras de Mesenia. Al retomar los militares de nuevo el poder, entran en conflicto con todos aquellos hombres que no habían marchado con ellos a la guerra y con los jóvenes nacidos durante el dilatado periodo bélico, algunos hijos ilegítimos de sus propias esposas. La convivencia es dura y los rumores de conspiración por parte de los muchachos, que no están dispuestos a rebajar su estatus por la vuelta victoriosa de los guerreros, hacen que la reina Apamea, temiendo por la integridad de su hijo Tarante, organice en secreto su partida después de recibir igual recomendación del mismísimo oráculo de Delfos, al que los ancianos han pedido consejo.

Un grupo escogido de jóvenes capitaneados por el príncipe espartano subirá a bordo de una espléndida nave roja y viajará primero a Delfos, para asegurarse de que el dios Apolo, por boca de la Pitia, su sacerdotisa oracular, en verdad les quiere lejos de su patria y desea busquen una tierra óptima en la que establecerse y fundar una colonia a ejemplo de las de sus amigos los corintios. Una vez consultado el oráculo y abandonado precipitadamente el santuario, los lacedemonios iniciarán un periplo que les llevará a cruzarse con piratas fenicios; a navegar hasta el Egipto del faraón nubio Shabako, guiados por el futuro Primer Profeta del templo de Amón en Karnak; sobrevivir a la furiosa tempestad y a las intrigas palaciegas de Siracusa, para arribar finalmente al sudeste de Hesperia, la tierra prometida por la profetisa délfica, región que se disputan desde hace tiempo dos tribus bárbaras con las que tomarán contacto.

El viaje del Delfín Rojo es una historia que combina realidad y ficción, recreando la fundación de la ciudad italiana de Tarento en función de los escasos datos que de este hecho nos han llegado de la mano del geógrafo Estrabón en forma de leyendas, eso sí, con el condimento de la magia de los relatos de aventuras náuticas y de visitas a países lejanos, a reyes poderosos, mujeres seductoras, magos egipcios y lugares sagrados de la antigüedad, entre otros alicientes, y con la lucha del ser humano contra la adversidad en pos de la realización de sus sueños como principal telón de fondo.

Capítulo I: La furia espartana

—He tenido un sueño maravilloso…
—¿Otra vez Hipodamia? Eso explica la mirada lánguida, los suspiros entrecortados y esa cara de cordero degollado, la misma que se te pone siempre que vas a hablar de ella.
—Ja, ja, estás pero que muy equivocado, Licandro. Si comparo a Hipodamia con lo que Morfeo me ha mostrado esta noche, el rostro más bonito de Esparta es una raíz muerta en mitad de un campo de olivos.
—Ya…, pues que yo sepa, hasta el día de hoy no existía para ti en el mundo quien pudiera competir con Hipodamia en gracia y belleza.
—No se trata de alguien, sino de algo. Te explico: soñé que navegábamos en una nave pintada de rojo sobre un mar de azul penetrante, que me asomaba para contemplar el zigzagueante ir y venir de los bancos de peces bajo la superficie rizada por la brisa y, distraído por la hipnótica visión, caía al agua de cabeza, convirtiéndome, cuando ya me daba por ahogado, en un delfín capaz de perderse veloz en el oscuro reino de las profundidades.
—¡Qué angustia! ¿Y luchar con todas tus fuerzas por alcanzar un poco de aire hace que te encuentres en este estado? ¿No te invadió el pánico al verte rodeado de agua, con las extremidades adoptando forma de aleta?
—¡Al contrario! Jamás he sido más feliz ni me he sentido más libre que en ese sueño. Contemplé el mundo desde otra perspectiva: los rayos del sol bañaban con su luz dorada el fondo de arena y rocas blancas y hacían relucir las anémonas, los rojizos corales y las escamas plateadas de los jureles que nadaban a mi vera. La visión era tan hermosa que me entristeció muchísimo despertar y comprobar que en realidad estaba tirado en el suelo de mi habitación, pues no me había precipitado de una nave mercante, sino de mi propio lecho.
—De ser tú, yo me hubiera alegrado de encontrarme en lugar seguro y seco, pero dime, ¿a qué viene esta repentina pasión por los barcos y seres acuáticos? ¿La caza no era tu afición preferida?
—Ya veo que no lo entiendes. Comprendo que es extraño que de un día para otro te dé la tabarra con temas que antes no me interesaban en absoluto, pero ¿a quieres que se lo cuente? Confieso que de un tiempo a esta parte no he dejado de soñar cosas parecidas a las que te acabo de contar y de las que creo tiene la culpa el temor que a ambos desestabiliza. Pero no hay miedo en mis sueños, me animan, me estimulan y me ayudan a vencer los pensamientos negativos.
—Mi querido Tarante, no te apures por esas imágenes. No creo tengan otra causa que una cena excesiva o un vino demasiado fuerte –repuso Licandro arrimándosele.
—Sabes como yo que la tensión va en aumento, que las palabras desdeñosas se han vuelto amenazas, que la desconfianza está llevando a la violencia física y que vigilan constantemente nuestros movimientos…
—Es verdad que estamos en boca de todos; yo trato de ignorarlo, aunque me cuesta. No sé cómo pudimos crecer felices, ajenos a nuestra condición y a sus consecuencias. Ahora más que un engorro somos un peligro latente, y lo dicen los poderosos.
—Jamás me consideraré un hijo ilegítimo; mi madre, como muchas otras, dio por muerto a su marido tras sucederse los años sin recibir noticias concluyentes del campo de batalla. Era muy joven y no tenía descendencia, así que aprovechó para unirse a mi padre, al que por desgracia no llegué a conocer. Si las espartanas no hubieran sido decididas, ahora los ciudadanos serían en mayor parte ancianos; si todos los hombres se hubieran marchado a la guerra ¿quién habría quedado para defender la ciudad? Es injusto y cruel que al regresar nuestros soldados, no satisfechos con la victoria y el botín, nos arrebaten los derechos que por nacimiento nos pertenecen y que busquen a toda costa la manera de declararnos traidores para quedarse con las propiedades que heredamos.
—Deseo con todo mi ser que no nos veamos forzados a marcharnos de Lacedemonia, la única tierra que conozco y de la que no puedo imaginarme lejos. Haces como yo, intentas desechar esa posibilidad, pero como yo, no consigues que deje de atormentarte; aunque tú por lo menos tienes tus sueños para evadirte, que yo ni eso.
Un breve silencio les dejó a solas con sus pensamientos, que Tarante se negaba que fueran derrotistas, todavía menos después de lo contento que había amanecido.
—¿Y de qué nos sirve darle más vueltas? Nada resuelve y nada remedia –dijo al rato para hacer reaccionar a su amigo–. No voy a regodearme en la desgracia, así que dejémoslo aquí y vayamos al río, que no hay lugar mejor para clarificar las ideas.
Y siguiendo su ejemplo, Licandro se incorporó con desgana y dejó escapar un suspiro al abandonar la refrescante sombra del pino que les protegía del calor de media tarde. Echaron una mirada fugaz a la ciudad de Esparta que se extendía a sus pies, antes encaminarse a disipar sus temores en la fría corriente del Eurotas. Tarante atinaba al decir que pasar el día entregados a las preocupaciones no resultaba nada provechoso ni les aportaba lo que un buen baño, pero aun sabiéndolo, ya no podrían dejar de pensar en lo que les aguardaba al volver a casa.

(…)

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